Había llovido torrencialmente aquella noche de septiembre de 1977. A la mañana siguiente el sendero escogido para la carrera era un fangal con cañamazo acostado por el viento. El campo de tiro de “Buey Vaca”, en la ciudad de Matanzas, escenario del evento, ahora mostraba las huellas de las inclemencias del tiempo. Alejandro Amaro partió en la séptima fila o heat, por lo que debía calcular bien sus pasos para evitar una torcedura de tobillos. Lo precedieron más de sesenta atletas que dejaron profundas marcas en el barro. El sudor, la humedad y un terreno resbaladizo convertían en verdadero reto los 3000 metros que lo separaban de la meta.
Desde el comienzo, el evento impuso su rigor y los hombres que buscaban la gloria comenzaron a jadear. Subían y bajaban pequeños montículos en una formación casi cerrada. Cubiertos los primeros 2 kilómetros las cosas cambiaron. El favorito atleta soviético Alexander Musichuk imponía su clase y marcaba el ritmo ampliando la diferencia sobre sus más cercanos rivales.
“Yo me propuse no dejarlo escapar y para ello mantenía la mirada fija en su espalda. Pensaba obsesivamente en cumplir mi táctica. No por gusto integraba la preselección nacional cubana de atletismo en distancias de medio fondo. Pero ese día dos factores apuntaban en contra de mis propósitos: el fango y el sobrepeso.
El evento de carrera en el trialón militar es muy duro. Compites contra reloj en un sendero natural, pero accidentado, con el arma reglamentaria, un fusil AK-M, tres cargadores y la careta antigás, lo que significan varias libras de más que se incrementan al moverte sobre el lodo.”
Gritos en varios idiomas, con instrucciones para los concursantes, llenaban el aire. Alejandro apenas escuchaba a su entrenador y compañeros de equipo, pero sabía que restaba medio kilómetro. Por temor a caer no podía imprimirle más velocidad a sus piernas, con las zapatillas completamente cubiertas de fango no tenía agarre sobre el suelo. Ver artículo completo »





