A veces el combate más duro para un hombre no es en el campo de batalla, ni sobre un ring. Es la propia vida quien se convierte en férreo oponente que intenta derribarnos con golpes demoledores. Sin embargo, puede ser que el instinto de supervivencia o esa fuerza que estremece llamada voluntad nos permiten continuar el camino y, en ocasiones, erigir una obra de significativos valores.
Todavía recuerdo con emoción aquella tremenda pelea entre el legendario Teófilo Stevenson y Roberto Gómez en la discusión del título en el Torneo Internacional de Boxeo Giraldo Córdova Cardín (1977) efectuado en Matanzas. Dos mastodontes, con más de 200 libras, liados a golpes de martillo sin ceder un ápice. Intercambios constantes, intensos castigos a los cuerpos. Cuando todos estaban en pie aplaudiendo el referee detuvo las acciones para examinar las heridas de Gómez. Sangraba de las dos cejas y el médico recomendó que le pararan el combate. Ver artículo completo »









